Esa última vez, lo había pensado muy bien. Sin dudas sería el
mejor de los regalos. Mis amigos de la barra quedarían impresionados, sin
aliento. Luego de procurarme papel, lápiz y un sobre, escribí la esquela con
determinación. Fui breve, precisa y concreta,
“Querido Papá Noel, me porté muy bien
este año y quiero que me traigas un traje de la mujer maravilla que dé fuerza
de verdad. Gracias.”
Era mi quinta Navidad y aunque faltaban algunos
meses para que iniciara primer grado, ya podía escribir solita. Era genial. Nadie
sabía así, de mis deseos.
Mamá me acompañó al correo. El sobre lacrado con
plasticola de color azul, lucía el destinatario con letras grandes y en tinta
negra,
“Papá Noel - Polo
Norte”
Javier tomó la carta y desde su ubicación detrás de
la ventanilla, esbozó distintas sonrisas mientras colocaba los sellos y las estampillas
correspondientes. Me entregó un recibo que daba cuenta del envío y también un
sugus de menta.
Traté de contener mi entusiasmo por toda una semana
hasta la nochebuena. Fue muy difícil. ¡Por fin me convertiría en una verdadera “súper amigo”!
Podría usar el lazo para atrapar malhechores y las muñequeras antibalas para
defenderme de sus malvados ataques. Sólo imaginarlo era fascinante. Durante las
noches antes de caer rendida, planeaba cómo lucharía contra el mal, y durante
el día - siempre después de la merienda - entrenaba junto a los otros superhéroes de la
liga.
El 25 de diciembre amaneció soleado y caluroso. El
clima estaba ideal para estrenar el flamante traje. Como langostas devastadoras,
hermanos y primos corrimos todos al mismo tiempo en busca de los paquetes que
brillaban debajo del arbolito. Yo tomé el mío. Tanta felicidad no me cabía en
el cuerpo.
Al tiempo que rasgaba el papel del envoltorio,
descubrí que Papá Noel también me había remitido un escrito. Lo leí
detenidamente,
“Querida
Sam, sé que te portaste muy bien pero no pude conseguir el traje que me
pediste. En su lugar te dejo el TEOTÍN, un juego de mesa que estoy seguro que
entrenará de mejor forma tu inteligencia. Seguí siendo buena.”
No lo podía aceptar. Abrí la caja y saqué un tablero
extraño y un conjunto de fichas rojas y amarillas. Según el instructivo, se
debía jugar con una mecánica similar a la de las DAMAS. ¡Cuánto desconcierto! Hubiera
admitido un traje que no diera fuerza de verdad o que los poderes fueran por error, los de la
mujer biónica en lugar de los de la mujer maravilla, pero eso que encontré no
tenía nada que ver con mis ilusiones.
Absolutamente convencida de la injusticia cometida,
me dispuse a llevar el caso hasta las últimas consecuencias. Miré alrededor y
encontré a una amiga de la familia - de unos 12 años de edad - con mucha
experiencia en navidades. Le conté lo ocurrido y cuando le pedí que me ayude a
formular un reclamo, se explayó sin miramientos,
- Papá Noel no existe. Son tus padres.
Quedé atónita,
inmóvil, con la mirada clavada en sus ojos. Sin hacer pausa, la experta agregó
inmediatamente,
- El regalo lo compraron tus padres y la
nota la escribieron ellos también.
Podría suponerse
que con esas revelaciones había hecho trizas en un minuto todo mi mundo, pero
no fue así. Aún le quedaba una estocada final y arremetió implacable,
- Tampoco existen los trajes que dan
fuerza de verdad. Por eso tus padres no lo pudieron comprar. Los superhéroes son
de mentira. Nada de ellos es real.
Dicho eso, se
alejó satisfecha.
Por un rato, nos
quedamos solos el desengaño y yo. No obstante, mientras trataba de encontrar un
lugar para esconder la confianza un tiempo, fui descubierta por “la liga de la
justicia”. Perseguían a “Shakespeare”, el perrito de la vecina que escapaba
hacia la calle en una actitud evidentemente perpetrada por “la legión del mal”.
Inmediatamente, la imaginación y la fantasía me iluminaron el rostro y en un
pestañeo volvimos a reunirnos todos - los buenos - en “El Gran Salón de la Justicia”
- ¡Poderes de los gemelos fantásticos,
actívense!
- ¡En forma de halcón!
- ¡En forma de cubeta de hielo!...









