En la cultura social actual argentina, hay
palabras que han dejado de usarse como insulto o agresión para formar parte del
vocabulario cotidiano, han modificado su intención y se ha naturalizado su uso. Por otra parte, hay
palabras que gracias al mensaje de los medios de comunicación y los
lineamientos políticos “progresistas y
defensores de los derechos humanos”, han visto desvirtuado completamente su
significado, otorgándoles connotaciones exclusivamente negativas al punto tal de convertirlas, por sí mismas, en entes malditos indecibles, como así también
en objeto de cuestionamiento y censura
al sujeto que las siente y/o pronuncia,
a la vez que para algunos casos, se han
popularizado “sinónimos” menos “violentos” que las reemplazan.
Tal es el caso de palabras como discriminación,
odio, exclusión o excluyente, discapacitado/a o discapacidad, ciego/a, desnutrido/a,
exterminio, obligatorio/a u obligatoriedad y colegio (como sinónimo de
escuela), entre tantas otras.
En esta ocasión en particular y debido a
comentarios sobre un posteo, quiero ocuparme de desmitificar el odio, que en
todos los casos, es tomado como síntoma de violencia. El odio
es un sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o
repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno, así como el deseo de evitar,
limitar o destruir a su objetivo. El odio es lo opuesto al amor, pero tan
genuino y existencial como él. Coexisten. El odio es complemento del amor. Si
una persona ama el bien, necesariamente odia el mal. Si ama a la verdad,
desprecia la mentira. Si ama la justicia, siente un profundo disgusto y
aversión por lo injusto. Si ama a su Patria, odia todo aquello que la daña y la
sucumbe. Aquello es enemigo. No se puede amar algo y a su contrario al mismo
tiempo. Tampoco se puede ser indiferente a la antítesis de un objeto de amor.
El odio no es malo en sí mismo, es malo sólo cuando concluye en acciones
violentas que no tienen su correspondencia en el amor.
No es violencia
odiar, no es pecado. Los creyentes que aman a Dios, deben odiar al Diablo. ¿O
aman a ambos?¿Pueden?

Coincido plenamente. Excelente ensayo. Felicidades, Fer.
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