jueves, 5 de noviembre de 2015

Cortometraje II

      




        Son las 05:45 hs de una mañana de agosto. Todavía de noche. Escucho un suave y doble golpeteo sobre el lateral de la puerta de mi dormitorio. Como todos los días de lunes a viernes, mi padre se encarga de despertarme para ir a la escuela.
       Hace mucho frío, el aire es filoso y las palabras van haciendo dibujos de vapor en el aire. No hay en el pueblo gas natural, así que la única calefacción para toda la casa es un “eskabe a kerosene” que Don Luis se encarga de mantener encendido durante todo el invierno, ya que viene con su carro periódicamente a llenar el tacho de 200 litros que existe con el sólo fin de alimentar a la gran caldera.
     No se permite salir a la calle sin desayunar. Toda la familia se sienta alrededor de la mesa redonda para su taza de café con leche acompañada de pan con manteca y dulce. De vez en cuando mamá prepara para mí un supervitamínico que consiste en yema de huevo batida con azúcar y disuelta en café caliente, que no admite queja alguna. Pero hoy no.
       Partimos hacia el industrial. Antes de bajar del auto miro a mi padre quien me regala una vez más un guiño de ojo y una sonrisa cómplice. Una escena cotidiana que adoro en silencio. A la tarde, 17: 50 hs., me vendrá a buscar. Siempre es así.


No hay comentarios:

Publicar un comentario