miércoles, 4 de noviembre de 2015

Ulpidio Vega




Ulpidio Vega
Roberto Fontanarrosa

De El mundo ha vivido equivocado, Buenos Aires, Ediciones de la flor, 1985.

Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre
rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la
cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la
silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.
Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura,
sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas
caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa
te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.
Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén
barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.
Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante
por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate
amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña
Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.
Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de
Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en
letra de molde cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.
Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de
figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada
y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.
Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".
¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día
degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo,
como un zarzo sencillo en el meñique.
Pero eran dos los Vega, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al
otro que también trabajó en el frigorífico.
Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el
"Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.
De negro los dos, siempre, aun de mañana.
Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una
mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético
Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas
en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había 
borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto
frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como
embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y
era justicia.
Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa
noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te
dijo.
¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio
Vega!
¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño
falaz de una perdida!
Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse
profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo
el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega.
Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció
brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la
bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa, desde chicos les
acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines
bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La
vieja.
"Si no te mato" se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan "sólo es por ella".
"Si no te enfrío" le contestaba Juan, que no era lerdo "es por la vieja".
Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que
hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de
su labia, de sus promesas vanas, de sus mañas.
Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron
puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y
matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche
había luna. Y no era juego.
Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la
plata de la luna sobre el filo helado del acero!
Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te
entraba miedo.
"¡Venite!"
"¡Vení vos!" se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña
Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos
apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal
vez, fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese
momento.
No se oyó de su boca, una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se
vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el
invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó,
se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento. 
A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a
chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó
mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado
en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.
A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta
a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.

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