martes, 10 de noviembre de 2015

¿De Boca o de River? ¡Esa es la cuestión!





A la edad de 4 años, inicié un camino de ida hacia el conocimiento del fútbol.
En el pueblo, dominaban las calles de arena floja y los terrenos de médano vivo. Los carnavales se festejaban a baldazos de agua limpia y guerra de bombuchas. Los cumpleaños, navidades, reuniones y demás fiestas de guardar se realizaban en los garajes. Pocas familias disponían de teléfono fijo y las operadoras de Entel trabajaban arduamente para comunicarlas entre sí. Todavía no se habían implementado los semáforos ni los recorridos de colectivos. Los turistas llegaban en coches del Río de la Plata, o del Alvarez Hnos., todos ellos de un solo piso y sin aire acondicionado. La carnicería era carnicería, la verdulería era verdulería, la panadería era panadería, la pescadería era pescadería y el almacén era almacén. No había supermercados, locutorios, polirubros, rotiserías ni autoservicios. A pocas cuadras una de la otra se ubicaban dos librerías. En invierno había que llevar una frazada al cine y en verano, un abanico. En la escuela sonaba la campana. Se jugaba a las payanas, al elástico, a los súper-amigos, al poliladron, al pisa-pisuela y otras rondas. Las revistas eran Anteojito y Billiken. Existía la Crush y la Teem. Los eventos importantes se disputaban entre el Club Social y el Centro Español. Había una sola radio FM local y las AM que se lograban captar eran uruguayas. Todas las rutas eran de tierra unos 150 km a la redonda.

Era una época donde veíamos televisión por aire en blanco y negro, el equipo sólo disponía de 13 canales seleccionables por un dial que giraba en un solo sentido y no existía el control remoto. Cuando el clima lo permitía, la antena que sobrepasaba el techo captaba una o dos señales según se apuntaba hacia Mar del Plata, o hacia Montevideo. Rara vez, se obtenía buena calidad de imagen y sonido desde Buenos Aires. No era extraño que en medio de la máxima atención que podía generar una emisión, apareciera la “lluvia”, luego las rayas, hasta que  finalmente la imagen desaparecía detrás de infinidad de gusanos serpenteantes. Si la programación lo ameritaba, debía necesariamente trabajarse en equipo para restaurar las condiciones: una persona giraba la antena y la otra, guiaba desde adentro. La TV, no formaba parte esencial de nuestras vidas, ni siquiera ocupaba un lugar en los espacios habituales de la casa. Generalmente se colocaba en el living, jamás entraba al comedor y mucho menos al dormitorio. Era un mueble más, que se encendía bastante poco durante el día y los niños teníamos terminantemente prohibido operarla. Los únicos partidos de fútbol que ocasionalmente podían verse - siempre en diferido - eran los de Boca y River. El Mundial de fútbol del ’78 estaba todavía lejos de ocurrir.

Ese año yo era alumna regular de Salita Azul en el jardín de Infantes “Pato Donald” y sumaba mi tercer año consecutivo de institucionalización. Tenía pertenencia de grupo y barra de amigos. Por otro lado, en casa siempre había gente compartiendo los asados del domingo. Podría decirse que entre todo eso, yo ya disponía de un avezado trato social. Sin embargo, uno no termina de definirse completamente hasta identificarse formalmente con un club de fútbol.
Empezaba a incorporar sistemáticamente que la carta de presentación ante el otro,  eran el nombre, la edad, el signo y el cuadro. Cuatro parámetros indispensables para ser y  pertenecer.
No podía sostenerse la indeterminación. La impetuosa pregunta, ¿de qué cuadro sos, de Boca o de River? era cada vez más frecuente. No había evento en el que no apareciera. La formulaban los chicos y los grandes. ¿Cuánto tiempo podía sobrevivir sin identidad? Debía tomar una decisión y definirme. Aun sin hermanos mayores que pudieran guiarme, no podía ser tan difícil. La pregunta siempre venía con las dos opciones y la respuesta estaba, necesariamente, asociada a una de ellas. O sos de uno o sos del otro. Era una disyuntiva sin la menor complejidad. Del mismo tipo de dilema al que fui enfrentada varios años después debiendo elegir entre Ford y Chevrolet cuando tuvieron inicio los primeros circuitos de Turismo Carretera en la zona. Pero esa es otra historia.

Se acercaba el verano y la vida social iba en aumento, hasta que el día llegó. Fue un primo un par de años mayor quien, en una de esas reuniones familiares, tomó la posta y me inquirió:
-          ¿De qué cuadro sos, de Boca o de River?
Acorralada frente a la pregunta, sin posibilidades de contestar “ninguno” o “no sé” debía realizar un rápido análisis mental y dar una respuesta satisfactoria. Las libres asociaciones y la lógica mental de una niña de 4 años, me condujo a contestar rápidamente
-          ¡De River!¡Soy de River!
Estaba segura de que “Boca” se asemejaba fonéticamente a alguna parte del cuerpo y “River”, eso sí que sonaba más bonito. Sin lugar a dudas yo era de River.

No pasó - literalmente - mucho tiempo. Quizás y como máximo, una hora. Escuché los gritos de mi padre que me llamaba desaforadamente. Listo, ¡lo supo!
Inmigrante italiano de buena cepa y trabajador incansable, estaba furioso.
-       ¿Qué dijiste?  - me interpeló sin rodeos - ¿De qué cuadro sos vos?
-       ¡De River! -  contesté sin miramientos. ¡Sonaba tan lindo!
-      ¡No!¡No! - aseguró - ¡Vos sos de Boca!¡De Boca! ¿Está clarito? - y sin darme tiempo para que pudiera dar explicaciones agregó
-     ¡Si vuelvo a escucharte decir que sos de River, la patada en el culo que te voy a dar te va a hacer volar cuando menos cuatro metros!   
Compartí con mi viejo algo más de 40 años de vida, durante los cuales nunca, jamás, me agredió o me levantó la mano. Solo en muy contadas ocasiones alzó un poco, apenas, el tono de voz. Pero claro, en ese tiempo yo no contaba con esta información, y mientras observaba cómo la cara de mi padre seguía transformándose, empecé a retroceder sobre mis pasos.
Sin dejarme escapar, me tomó de la mano y endulzando un poco el tono me repreguntó
-       ¿De qué cuadro sos, de Boca o de River?
Entonces sí, sin titubear ni por un segundo y dejando de lado cualquier razonamiento previo, grité
-       ¡De Boca, papito!¡Soy de Boca!
Y así fue cómo me he mantenido fiel en la elección más libre que hice en mi vida, aunque nunca más mi padre y yo volvimos a charlar de fútbol con tanta pasión.




2 comentarios:

  1. Fantástico! Me encanta el modo en que describís con tanta naturalidad.

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  2. Más allá de defender la libertad de elección en todos los aspectos de la vida... qué grande tu viejoooo!!!

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