jueves, 5 de noviembre de 2015

Cortometraje I



       Era sencillo. Encender la cocina con chispero eléctrico incorporado, colocar la pava sobre el fuego y preparar el mate mientras se calentaba el agua era simple, casi rutinario. Se daba casi a diario alrededor de las seis de la tarde o un poco antes, tanto en invierno como en verano. A veces, un poco de yerba caía sobre la mesada, y en menos ocasiones también sobre el piso, sobre todo cuando el paquete era nuevo y había que abrirlo así, colmado. Por herencia familiar, le incorporaba edulcorante al agua por lo que, aunque sus manos habitualmente estaban temblorosas y sudadas, cebarlo no le representaba mayor esfuerzo. Tenía ya el hábito, nunca erraba con la temperatura adecuada. Colocaba una tablita de madera sobre la mesa y encima de ella, la pava caliente. A la derecha siempre por si acaso, un repasador, y en el centro de la escena el mate con tres cuartas partes de yerba y su brillante bombilla inclinada. Lo hacía para ella. Sin embargo, en presencia de alguien de su confianza, de alguien que hubiera conquistado sus afectos, lo ofrecía sonriente y orgullosa, como quien regala un objeto tallado a mano, como una pieza original y única de su propia creación. De lo contrario, lo retiraba de la mesa y lo escondía para que nadie codiciara tu tesoro.
       La televisión acompañaba las tardes encendida en el canal Volver, y entre sorbo y sorbo, su rostro iba cambiando permanentemente de expresión desde el llanto hasta las carcajadas y nuevamente a las lágrimas con los capítulos de las novelas estrenadas hace más de veinte años. Sus ojos brillaban y sus mejillas se ruborizaban con los besos de amor. Cada tanto, se cubría el rostro con ambas manos para no ser testigo de la osadía de los protagonistas. Esperaba estos momentos con ansiedad y se emocionaba cada día como si los estuviera viendo por primera vez. Era su ritual. Su rato de paz. Su ceremonia para el no olvido.



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