A la edad de 4 años, inicié un camino de ida hacia
el conocimiento del fútbol.
En el pueblo, dominaban las calles de arena floja y
los terrenos de médano vivo. Los carnavales se festejaban a baldazos de agua
limpia y guerra de bombuchas. Los cumpleaños, navidades, reuniones y demás
fiestas de guardar se realizaban en los garajes. Pocas familias disponían de
teléfono fijo y las operadoras de Entel trabajaban arduamente para comunicarlas
entre sí. Todavía no se habían implementado los semáforos ni los recorridos de
colectivos. Los turistas llegaban en coches del Río de la Plata, o del Alvarez
Hnos., todos ellos de un solo piso y sin aire acondicionado. La carnicería era
carnicería, la verdulería era verdulería, la panadería era panadería, la
pescadería era pescadería y el almacén era almacén. No había supermercados, locutorios,
polirubros, rotiserías ni autoservicios. A pocas cuadras una de la otra se ubicaban
dos librerías. En invierno había que llevar una frazada al cine y en verano, un
abanico. En la escuela sonaba la campana. Se jugaba a las payanas, al elástico,
a los súper-amigos, al poliladron, al pisa-pisuela y otras rondas. Las revistas
eran Anteojito y Billiken. Existía la Crush y la Teem. Los eventos importantes se
disputaban entre el Club Social y el Centro Español. Había una sola radio FM
local y las AM que se lograban captar eran uruguayas. Todas las rutas eran de
tierra unos 150 km a la redonda.
Era una época donde veíamos televisión por aire en
blanco y negro, el equipo sólo disponía de 13 canales seleccionables por un
dial que giraba en un solo sentido y no existía el control remoto. Cuando el
clima lo permitía, la antena que sobrepasaba el techo captaba una o dos señales
según se apuntaba hacia Mar del Plata, o hacia Montevideo. Rara vez, se obtenía
buena calidad de imagen y sonido desde Buenos Aires. No era extraño que en
medio de la máxima atención que podía generar una emisión, apareciera la
“lluvia”, luego las rayas, hasta que finalmente la imagen desaparecía detrás de
infinidad de gusanos serpenteantes. Si la programación lo ameritaba, debía
necesariamente trabajarse en equipo para restaurar las condiciones: una persona
giraba la antena y la otra, guiaba desde adentro. La TV, no formaba parte
esencial de nuestras vidas, ni siquiera ocupaba un lugar en los espacios
habituales de la casa. Generalmente se colocaba en el living, jamás entraba al
comedor y mucho menos al dormitorio. Era un mueble más, que se encendía bastante
poco durante el día y los niños teníamos terminantemente prohibido operarla.
Los únicos partidos de fútbol que ocasionalmente podían verse - siempre en
diferido - eran los de Boca y River. El Mundial de fútbol del ’78 estaba
todavía lejos de ocurrir.
Ese año yo era alumna regular de Salita Azul en el
jardín de Infantes “Pato Donald” y sumaba mi tercer año consecutivo de
institucionalización. Tenía pertenencia de grupo y barra de amigos. Por otro
lado, en casa siempre había gente compartiendo los asados del domingo. Podría
decirse que entre todo eso, yo ya disponía de un avezado trato social. Sin
embargo, uno no termina de definirse completamente hasta identificarse formalmente
con un club de fútbol.
Empezaba a incorporar sistemáticamente que la carta
de presentación ante el otro, eran el
nombre, la edad, el signo y el cuadro. Cuatro parámetros indispensables para
ser y pertenecer.
No podía sostenerse la indeterminación. La impetuosa
pregunta, ¿de qué cuadro sos, de Boca o de River? era cada vez más frecuente.
No había evento en el que no apareciera. La formulaban los chicos y los
grandes. ¿Cuánto tiempo podía sobrevivir sin identidad? Debía
tomar una decisión y definirme. Aun sin hermanos mayores que pudieran guiarme,
no podía ser tan difícil. La pregunta siempre venía con las dos opciones y la
respuesta estaba, necesariamente, asociada a una de ellas. O sos de uno o sos
del otro. Era una disyuntiva sin la menor complejidad. Del mismo tipo de dilema
al que fui enfrentada varios años después debiendo elegir entre Ford y
Chevrolet cuando tuvieron inicio los primeros circuitos de Turismo Carretera en
la zona. Pero esa es otra historia.
Se acercaba el verano y la vida social iba en
aumento, hasta que el día llegó. Fue un primo un par de años mayor quien, en
una de esas reuniones familiares, tomó la posta y me inquirió:
-
¿De qué cuadro sos, de Boca o de River?
Acorralada frente a la pregunta, sin posibilidades
de contestar “ninguno” o “no sé” debía realizar un rápido análisis mental y dar
una respuesta satisfactoria. Las libres asociaciones y la lógica mental de una
niña de 4 años, me condujo a contestar rápidamente
-
¡De River!¡Soy de River!
Estaba segura de
que “Boca” se asemejaba fonéticamente a alguna parte del cuerpo y “River”, eso
sí que sonaba más bonito. Sin lugar a dudas yo era de River.
No pasó - literalmente - mucho tiempo. Quizás y como máximo, una hora. Escuché los gritos
de mi padre que me llamaba desaforadamente. Listo, ¡lo supo!
Inmigrante
italiano de buena cepa y trabajador incansable, estaba furioso.
- ¿Qué dijiste? - me interpeló sin rodeos - ¿De qué cuadro
sos vos?
- ¡De River! - contesté sin miramientos. ¡Sonaba tan lindo!
- ¡No!¡No!
- aseguró - ¡Vos sos de Boca!¡De Boca! ¿Está clarito? - y sin darme tiempo para
que pudiera dar explicaciones agregó
- ¡Si vuelvo a escucharte decir que sos de
River, la patada en el culo que te voy a dar te va a hacer volar cuando menos
cuatro metros!
Compartí con mi viejo algo más de 40 años de vida, durante
los cuales nunca, jamás, me agredió o me levantó la mano. Solo en muy contadas
ocasiones alzó un poco, apenas, el tono de voz. Pero claro, en ese tiempo yo no
contaba con esta información, y mientras observaba cómo la cara de mi padre
seguía transformándose, empecé a retroceder sobre mis pasos.
Sin dejarme escapar, me tomó de la mano y endulzando
un poco el tono me repreguntó
- ¿De qué cuadro sos, de Boca o de River?
Entonces sí, sin titubear ni por un segundo y
dejando de lado cualquier razonamiento previo, grité
- ¡De Boca, papito!¡Soy de Boca!
Y así fue cómo me he mantenido fiel en la elección
más libre que hice en mi vida, aunque nunca más mi padre y yo volvimos a charlar
de fútbol con tanta pasión.

Fantástico! Me encanta el modo en que describís con tanta naturalidad.
ResponderEliminarMás allá de defender la libertad de elección en todos los aspectos de la vida... qué grande tu viejoooo!!!
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